La Influencia de Maria Mediadora

La Influencia de Maria Mediadora

R. P. Garrigou-Lagrange O. P.

Al ocuparnos de los fundamentos de la vida interior, no es posible tratar de la acción de Jesucristo, mediador uni­versal, sobre su cuerpo místico, sin hablar igualmente de la influencia de María mediadora.

Hay muchos ilusos, decíamos, que pretenden alcanzar la unión con Dios, sin recurrir constantemente a Nuestro Se­ñor que es el camino, la verdad y la vida. Otro error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar , por. María a quien la iglesia llama, en una fiesta especial, Mediadora de todas las gracias. Los protestantes cayeron en este error. Sin llegar a esta desviación, hay católicos que no. comprenden la ne­cesidad de recurrir a María para conseguir la intimidad con el Salvador. El B. Grignion de Montfort habla también de “Doctores que no conocen a la Madre de Dios, sino de una manera especulativa, árida, estéril e indiferente; que temen abusar de la devoción a la Santísima Virgen, hacer injuria a Nuestro Señor honrando demasiado a su santísima Madre. Si hablan de la devoción a María, no es tanto para recomen­darla como para reprobar las exageraciones” (l); dan la im­presión de creer que María es un impedimento para conse­guir la unión con Dios.

Hay, dice el Beato, una gran falta de humildad, en menos­preciar a los mediadores que Dios nos brinda, teniendo en cuenta nuestra debilidad. La intimidad con Nuestro Señor nos es grandemente facilitada mediante una verdadera y pro­funda devoción a María.

Para formarnos idea exacta de esta devoción, veremos qué se entiende por mediación universal y cómo María es la me­dianera de todas las gracias; según lo afirma con la Tradi ción, el Oficio y Misa de María Mediadora que se reza el 31 de mayo. Mucho se ha escrito sobre el asunto en estos últimos tiempos; consideraremos esta doctrina en sus rela­ciones con la vida interior (2).

¿Qué se entiende por mediación Universal?

“Al oficio de mediador”, dice Santo Tomás (3), “corres­ponde el acercar y unir a aquéllos entre quienes ejerce tal oficio; porque los extremos se unen por un intermediario”. Ahora bien, unir los hombres a Dios es propio de Jesucristo que los ha reconciliado con el Padre, según las palabras de San Pablo (II Cor., v 19): “Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo. Por eso sólo Jesucristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, cuanto por su muerte reconcilió con Dios al género humano.” Igualmente, después de decir San Pablo: “Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hecho hombre”, continúa: “que se ha entregado en rehén por todos. Nada impide, sin embar­go, que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre Dios y los hombres, en tanto cooperan á la unión de los hombres con Dios, como encargados o ministros.”

En este sentido, añade Santo Tomás (4) los profetas y sacer­dotes del Antiguo Testamento pueden llamarse mediadores; y lo mismo los sacerdotes de la nueva Alianza, como ministros del verdadero mediador.

“Jesucristo”, continúa el Santo (5), “es mediador en cuanto hambre; porque en cuanto hombre es como se encuentra entre los dos extremos: inferior a Dios por naturaleza, supe­rior a los hombres por la dignidad de su gracia y de su glo­ria. Además, como hombre unió a los hombres a Dios en­señándoles sus preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos.” Jesús satisfizo como hombre, mediante una satisfación y un mérito que de su personalidad divina recibió infinito valor. Estamos pues ante una doble mediación, descendente y as­cendente, que consistió en traer a los hombres la luz y la gracia de Dios, y en ofrecerle, en favor de los hombres, el culto y reparación que le eran debidos.

Nada impide pues, que, como acabamos de decir, haya otros mediadores secundarios, como lo fueron los profetas y los sacerdotes de la antigua Ley para el pueblo escogido. Por eso podemos preguntarnos si no será María la mediadora Universal para todos los hombres y para la distribución de todas y cada una de las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de María como superior a la de los profe­tas, cuando dice: “Non est assumpta in ministerium a Domi­no, sed in consortium et adjutorium, juxta illud: Faciamus el adjutorium simile sibi” (6); María fue elegida por el Señor, no como ministra, sino para ser asociada de un modo espe­cialísimo y muy íntimo a la obra de la redención del género humano.

¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, natural­mente designada para ser mediadora universal? ¿No es real­mente intermediaria entre Dios y los hombres? Sin duda, por ser una criatura, es inferior a Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por encima de todos los hombres en razón de su maternidad divina, “que la coloca en las fronteras de la divinidad” (7), y por la plenitud de la gracia recibida en el instante de su concepción inmaculada, plenitud que no cesó de aumentar hasta su muerte.

Y no solamente por su maternidad divina era María la designada Dará esta función de mediadora, sino que la reci­bió y ejercitó de hecho.

Esto es lo que nos demuestra la Tradición (8), que le ha otorgado el título de mediadora universal (9), aunque subor­dinada a Cristo; título por lo demás consagrado por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.

Para bien comprender el sentido y el alcance de este título, consideremos que le conviene a María por dos ra­zones principales: 1º, por haber ella cooperado por la satis­facción y los méritos al sacrificio de la Cruz; 2º, porque no cesa de interceder en favor nuestro y de obtenernos y distri­buirnos todas las gracias que recibimos del cielo.

Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que debemos considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.

María mediadora por su cooperación al Sacrificio de la Cruz.

Durante todo el curso de su vida en la tierra, hasta el Consummatum est, la Virgen cooperó al Sacrificio de su Hijo.

En primer lugar, el libre consentimiento que dio el día de la Anunciación era necesario para que el misterio de la Encarnación fuera una realidad; como si Dios, dice Santo Tomás (111, q. 30, a. 1), hubiera esperado el consentimiento de la humanidad por la voz de María. Por aquel libre fiat, la Virgen cooperó al sacrificio de la Cruz, pues que, así nos dio el sacerdote y la víctima.

Cooperó asimismo al ofrecer su Hijo en el templo, como una hostia purísima, cuando el viejo Simeón, ilustrado por luz profética, veía en este infantito “la salud dispuesta por Dios para todos los pueblos, la luz de la revelación para los gentiles, y la gloria de Israel” (Luc., II, 31). María, más ilu­minada que el mismo Simeón, ofrendó su Hijo y comenzó a sufrir dolorosamente con él, al oír al santo anciano anunciar que aquel niño sería “un signo expuesto a la contradicción”, y que “una espada traspasaría el alma de su madre”. (Ibid.)

Pero fue sobre todo al pie de la Cruz, donde María coo­peró al sacrificio de’ Cristo, al unirse a él en la satisfacción y en los méritos, más íntimamente que lo que lengua hu­mana pueda expresar. Algunos santos, particularmente los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los su­frimientos y á los méritos del Salvador; un San Francisco dé Asís, por ejemplo, y una Santa Catalina de Sena. Pero fué muy poca cosa en comparación con la unión de la Virgen.

¿Cómo ofreció María a su Hijo? De la misma forma que su Hijo se ofrendó. Jesús hubiera podido fácilmente, por milagro, impedir que los golpes de sus verdugos le causaran la muerte; pero se inmoló voluntariamente. “Nadie me qui­ta la vida, ha dicho él mismo, sino que soy yo quien la da; pues tengo el poder de darla y el de volverla a recuperar” (Juan, x, 17). Renunció Jesús a su derecho a la vida y se ofrendó entero por nuestra salvación.

Y de María se dice en San Juan, XIX, 25 : “Stabat juxta crucem Jesu mater ejus”, junto a la Cruz de Jesús se halla­ba de pie su madre, e indudablemente muy unida a él en sus dolores y oblación. Como dice el Papa Benedicto XV: “Renunció a sus derechos de madre por la salvación de todos los hombres” (10).

La santísima Virgen aceptó el martirio de Jesús y lo ofre­ció por nosotros; todos los tormentos que él sufrió en su cuerpo y en su alma, sintió los ella en la medida de su amor. Como ninguno, padeció María los sufrimientos mismos del Salvador; sufrió por el pecado en la medida de su amor a Dios, a quien el pecado ofende; del amor a su Hijo a quien el pecado crucificó, y del amor a las almas, a las que el pecado estraga y da la muerte. Y la caridad de la Vir­gen era incomparablemente superior a la de los mayores santos.

Así cooperó al sacrificio de la Cruz a guisa de satisfacción o reparación, ofreciendo a Dios por nosotros, con gran dolor y amor ardentísimo, la vida de su Hijo bien amado, más precioso para ella que su propia vida.

En aquel instante, el Salvador satisfizo por nosotros en estricta justicia, mediante sus actos humanos que, por su pero tonalidad divina, tenían valor infinito, suficiente a reparar la ofensa de todos los pecados mortales juntos y aun más. Su amor complacía a Dios más que lo que todos los pecados pudieran desagradarle (11). Ésta es la esencia del misterio de la Redención. En el Calvario, y en unión con su Hijo, Ma­ría satisfizo por nosotros, con una satisfacción fundada, no en la estricta justicia, sino en los derechos de la íntima amis­tad o caridad que la unía a Dios (12).

En el momento en.,que su Hijo iba a morir crucificado, aparentemente vencido y abandonado, ella no cesó un solo instante de creer que él era el Verbo hecho carne, el Sal­vador del mundo que, tres días después, resucitaría como lo había predicho. Fue éste el más grande acto de fe y de esperanza; y fue igualmente, después del amor de Cristo, el mayor acto de amor. Él hizo de María la Reina de los már­tires, siendo ella mártir, no sólo por Jesús, . sino juntamente con él, en tal forma que una sola cruz bastó para hijo y madre, ya que en cierto modo María fue en ella -clavada por su amor a Jesús. Así fue corredentora, como dice Benedicto XV, en el sentido de que con Jesús, en él y por el, rescató al género humano (13).

Por la misma razón, todo lo que Jesucristo en la Cruz nos ha merecido en estricta justicia, María nos lo ha merecido con mérito de conveniencia fundado en la caridad que a Dios la unía. Sólo Jesucristo, como cabeza de la humanidad, pudo merecer estrictamente transmitirnos la vida di­vina, pero S. S. Pío X confirmó la doctrina de los teólogos cuando escribió: “María, unida a Cristo en la obra de la Redención, nos mereció de congruo (con mérito de con­veniencia) lo que Jesucristo nos mereció de condigno” (14).

El primer fundamento tradicional de esta enseñanza co­mún de los teólogos y sancionada por los soberanos Pontí­ fices, es que María, en toda la tradición griega y latina, es llamada la nueva Eva, Madre de todos los hombres para la vida del alma, corno Eva lo fue para la vida corporal: Y la. Madre espiritual de los hombres debe, pues, darles esa vida espiritual, no como causa física principal (que es Dios solo) sino moralmente, por mérito de congruo, ya que el otro mérito pertenece a Jesucristo.

El oficio y la misa propios de María mediadora reúnen los principales testimonios de la Tradición y su fundamento escriturario, particularmente los clarísimos textos de San Efrén, gloria de la iglesia seria, de San Germán de Constan­tinopla, de San Bernardo y de San Bernardino de Sena. Aun en el segundo y tercer siglo, San Justino, San Ireneo y Tertuliano insistían en el paralelo entre Eva y María, y en­señaban que si la primera concurrió a nuestra caída, la se­gunda colaboró a nuestra redención (15).

Estas enseñanzas de la Tradición descansan, en parte, en las palabras de Jesús narradas en el Evangelio de la misa de María mediadora: El Salvador estaba a punto de expirar, y “viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la tomó por tal” (Juan, XIX, 27).

El sentido literal de estas palabras: “he ahí a tu hijo”, se refiere a San Juan; pero para Dios los sucesos y las personas significan varias cosas (16); y en este lugar, San Juan designa espiritualmente a todos los hombres rescatados por el sa­crificio de la Cruz. Dios y su Cristo hablan no sólo mediante las palabras que emplean, sino a través de los sucesos y per­sonas que les están sujetos, y por ellos dan a entender lo que les place dentro de los planes de la Providencia. Al tiempo de morir, al dirigirse Jesús a María y a Juan, vio en este último la personificación de todos aquéllos por quienes de­rramaba su sangre. Y como estas palabras crearon, por de­cirlo así, en María una profundísima afección maternal, que incesantemente envolvió al alma del discípulo amado, ese afecto sobrenatural se hizo extensivo a todos nosotros, e hizo realmente de María la Madre espiritual de todos los hombres siglo VIII, más tarde San Bernardino de Sena, Bossuet, el B. Grignion de Montfort y muchos otros. No hacen sino seguir lo que la Tradición nos dice de la nueva Eva, madre espiritual de todos los hombres. Si se estudian, en fin, teológicamente, los requisitos para el mérito de congruo o de conveniencia, mérito fundado no en la justicia sino en la caridad o amistad sobrenatural que nos une a Dios, en nadie podremos encontrarlo mejor rea­lizado que en María. Si, en efecto, una buena madre cristia­na, por su virtud, gana méritos para sus hijos (17), ¿con cuán­ta más razón María, incomparablemente más unida a Dios por la plenitud de la caridad, no podrá merecer en favor de los hombres?

Tal es la mediación ascendente de María, en cuanto ofre­ció con Nuestro Señor, en favor nuestro, el sacrificio de la Cruz, haciendo obra de reparación y mereciendo por nosotros.

Consideremos ahora la mediación descendente, por la que nos distribuye los dones de Dios Nuestro Señor.

María nos obtiene y nos distribuye todas las gracias.

Es ésta una doctrina cierta, según lo que acabamos de de­cir de la Madre de todos los hombres; como Madre, se inte­resa por su salvación, ruega por ellos y les consigue las gracias que reciben.

En el Ave, maris Stella se canta:

Solve vincla reis,
Prof er lumen coecis,
mala nostra pelle,
bona cuneta poste (18).

Rompe al reo sus cadenas,
Concede a los ciegos ver;
Aleja el mal de nosotros,
Alcánzanos todo bien.

León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario (19), dice: “Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos es concedi­do si no es por María; y como nadie puede llegar al Padre si­no por el Hijo, así generalmente nadie puede llegar a Jesús sino por María.

La Iglesia, de hecho, se dirige a María para conseguir gracias de toda suerte, tanto temporales como espirituales, y, entre estas últimas, desde la gracia de la conversión has­ta la de la perseverancia final, sin exceptuar las necesarias a las vírgenes para guardar su virginidad, a los apóstoles para ejercer su apostolado, a los mártires para permanecer’ invictos en la fe. Por eso, en las Letanías lauretanas, uni­versalmente rezadas en la Iglesia desde hace mucho tiempo, María es llamada: “salud de los enfermos, refugio de los pe­cadores, consuelo de los afligidos, auxilio de los cristianos, reina de los apóstoles, de los mártires, de los confesores y de las vírgenes. Su mano es la dispensadora de toda suerte de gracias, y aun, en cierto sentido, de la gracia de los sacramentos; porque ella nos los ha merecido en unión con Nuestro Señor en el Calvario, y nos dispone además con su oración a acercarnos a esos sacramentos y a recibirlos convenientemente; a veces hasta nos envía el sacerdote sin el cual esa ayuda sacramental no nos sería otorgada.

En fin, no sólo cada especie de gracia nos es distribuida por mano de María, sino cada gracia en particular. No es otra cosa lo que la fe de la Iglesia declara en estas palabras del Ave María: “Santa María, madre de Dios, ruega por nos­otros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte; amén.” Ese “ahora” es repetido; cada minuto, en la iglesia, por millares de fieles que piden de esta manera la gracia del momento presente; y ésta es la más particular de todas las gracias, varía con cada uno de nosotros y para cada uno en cada minuto. Aunque estemos distraídos al pronunciar esas palabras, María, que no lo está, y conoce nuestras necesi­dades espirituales de cada momento, ruega por nosotros y nos consigue las gracias que recibimos.

Tal enseñanza, contenida en la fe de la Iglesia, y expresa­da por la oración colectiva (lex orarsdi, lex credendi), está fundada en la Escritura y en la Tradición. En efecto, ya en su vida sobre la tierra, aparece María en la Escritura como distribuidora de gracias. Por ella santifica Jesús al Precursor, cuando visita a su prima Santa Isabel y entona el Magnificat. Por ella confirma Jesús la fe de los discípulos de Caná, con­cediendo el milagro que pedía. Por ella fortaleció la fe de Juan en el Calvario, diciéndole: “Hijo, ésa es tu madre.” Por ella, en fin, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, ya que María oraba con ellos en el Cenáculo el día de Pen­tecostés, cuando el divino Espíritu, descendió en forma de lenguas de fuego (Act., r, 14).

Con mayor razón, después de la Asunción, desde su en­trada en la gloria, es María distribuidora de todas las gracias. Como una madre bienaventurada conoce en el cielo las ne­cesidades espirituales de los hombres todos. Y como es muy tierna madre, ruega por sus hijos; y como ejerce poder omnímodo sobre el corazón de su Hijo, nos obtiene todas las gracias que a nuestras almas llegan y las que se dan a los que no se obstinan en el mal. Es María como el acueducto de las gracias y, en el cuerpo místico, a modo de cuello que junta la cabeza con los miembros.

A propósito de lo que ha de ser la oración de los avan­zados, trataremos de la verdadera devoción a María, según el B. Grignion de Montfort. Pero ya desde este momento se comprende cuán necesario es hacer con frecuencia la oración de los mediadores, es decir, comenzar esta conver­sación filial y confiada con María, para que nos conduzca a la intimidad de su Hijo, y a fin de elevarnos luego, me­diante la santísima alma del Salvador, a la unión con Dios, ya que Jesús es el camino, la verdad y la vida (20).

R. P. Garrigou-Lagrange O. P.

NOTAS:

(1) B. Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción t la Santísima Virgen, c. II, a. I, § I. El secreto de María, resumen del anterior

(2) San Bernardo , Serm. in Dominic. infra oct. Assumpt., n. 1 (P. L., t. 183, 429). Serm. in Nat. B. M., De aquaeductu, n. 6-7 (P. L., t. 183, 440). Epist. ad Canonicos Lugdunenses de Conceptione S. Mariae, o. 2 (P. L., t. 182, 333).

San ALBERTO MAGNO, Mariale sive quaestiones super Evangelium: Missus est (ed. Borgnet, París, 1890-1899, t. XXXVII, q. 29). SAN Buena-ventura Sermones de B. V. Maria, De Annuntiatione, serm. V (Qua­racchi, 1901, t. IX, p. 679). Santo Tomás, In Salut. ang. expositio. Bossuet, Sermon sur la Sainte Vierge. Terrien, S. J., La Mire de Dieu et la Mire des hommes, t. III. Hugon, O. P., Marie pleine de grâce. Bittremieux, De mediatione universal¡ B. Miarie V. quoad gratias,1926. léon Leloir, La Médiation mariale dans. la Théologie contemporaine, 1933, ibid. P. R. Bernard, O. P., Le mystire de Marie, Desclée de Brouwer, 1933. Excelente libro, digno de meditarse. P. G. Frietoff, O. P., De alma Socia Christi mediatoris, 1936. El sagrado Corazón de María, de Bainvel, S. J. Le . Rosaire de Marie, trad. de la Enc. de León XIII sobre el Rosario, por el P. Joret.

(3) III, q. 26, s. 1.

(4) lbid, a. i, ad i.

(5) Ibid., a. 2.

(6) Mariale, 42.

(7) Cajetanus.

(8) J. Bittremieux, op. cit.

(9) G. FRIETOFF, O. P., Angelicum, oct. 1933, pp. 469-477.

(10) Litt. Apost. “Inter sodalicia”, 22 de marzo de 1918 (Act. Apost. Sedis, 1918, 182; citado en Denzinger, ed. 16, nº 3034, nota 4.

(11) Santo Tomás, III, q. 48, a. 2 : “Ille proprie satis f acit pro of f en­sa, qui exhibet offenso id quod aeque ve¡ magis diligit, quam oderit of fensam. Christus autern et caritate et obedientia patiendo majus ali- Deo exhibuit, quam exigeret recompensatio totius offensae hu­mani generis… propter magnitudinem caritatis…, dignitatem vitae suae, quam pro satisfactione ponebat, quae erat vita Dei et hominis…, et propter generalitatem passionis et magnitudinem doloris assumpti.”

(12) “Satisfactio B. M. Virginis fundatur, non in stricta justitia, sed in jure amicabili.” Que es lo que comúnmente enseñan los teólogos.

(13) Benedictum xv, Litt. Apost. citat.: “Ita cum Filio patienti et morienti passa est et paene commortua, sic materna in Filium jura pro hominum salute abdicavit placandaeque Dei justitiae, quantum ad se pertinebat, Filium immolavit, ut dici merito queat, ipsam cum Christo humanum genus redemise.” Denzinger, Enchiridion, n 4 3034, nota 4.

(14) Cf. Pium X, Encyclica “Ad diem illum”, 2 de febrero de 1904 (Denzinger, Ench., n4 3034) : “Quoniam universis sanctitate praestat conjunctioneque cum Christo atque a Christo ascita in humanae sa­ lutis opus, de congruo, ut aiunt, promeruit nobis, quae Christus de condigno promeruit, estque princeps largiendarum gratiarum ministra.” Hay que notar que el mérito de congruo, que se funda in jure amica­bili seu in caritate, es ciertamente un mérito propiamente dicho, aun­que inferior al de condigno; la palabra mérito se dice de los dos según una analogía de proporcionalidad propia y no sólo metafórica.

(15) San Ireneo, que es el representante de las iglesias de Asia, donde se había educado, de la Iglesia de Roma, donde había vivido, y de las de las Galias, donde había enseñado, escribía (Adv. Haeres, V, XIX, 1): “Como Eva, seducida por las palabras del ángel rebelde, se alejó de Dios e hizo traición a su palabra, así María oyó de boca del ángel la buena nueva de la verdad; llevó a Dios en su seno por haber obedecido a su palabra… El género humano encadenado por una virgen, por otra virgen fué liberado…, la prudencia de la serpiente cede a la simplicidad de la paloma, y quedaron rotas las ligaduras que nos encadenaban a la muerte.”
San Efrén, en una oración que se reza en el Oficio de María me­diadora, concluye de e e paralelo entre Eva y la Madre de Dios, que “María – es, después de Jesús, mediador por excelencia, la mediadora del mundo entero, mediatrix totius mundi, y que por ella obtenemos todos los bienes espirituales (tu creaturam replesti omni genere bene. ficii, caelestibus laetitiam attulisti, terrestria salvasti).
San Germán de Constantinopla (Oratio 9, P. G., t. 98, 377 y ss., cita­da en el mismo nocturno del Oficio) dice igualmente: “Nullus, nisi per te, o sanctissima, salutem consequitur. Nullus, nisi per te, o im­maculatissima, qui a malis liberetur. Nullus nisi per te, o castissima, cui donum indulgeatur.” “Nadie se salva sino por ti, oh santísima; nadie queda libre de sus males sino por ti, oh inmaculada; nadie re­cibe los dones de Dios sino por ti, oh purísima.”
San Bernardo dice: “Oh medianera y abogada nuestra, reconciliad­nos con vuestro Hijo, encomendadnos y presentadnos a él.” (Segundo sermón de Adviento, S.) Es voluntad de Dios que todo lo recibamos por María, sic est voluntas ejus qui totum nos habere voluit per Ma­ riam (De nat. B. IM. V., nº 7). Está llena de gracia, y lo que tiene de más nos lo da a nosotros: plena sibi, superplena nobis (Serm. sobre la Asunc., n. 2).

(16) Santo Tomás, 1, q. 1, a. 10: “Auctor sacrae Scripturae est Deus, in cujus potestate est, ut non solum voces ad siguificandum accommo­det sed etiam res ipsas.”

(17) Santo Tomás, I, II, q. 114, a. 6: “Merito condigni nullus potest mereri alteri primam gratiam nisi solus Christus…, in quantum est caput Ecclesiae et auctor salutis humanae… Sed mérito congrui po­ test aliquis alteri mereri priman gratiam. Quia enim homo in gratia constitutus implet Dei voluntatem, congruum est secundum amicitiae proportionem, ut Deus impleat hominis voluntatem in salvatione alte­rius; licet quandoque possit habere impedimentum ex parte illius, cujus aliquis sanctus justificationem desiderat”

(18 ) Los jansenistas habían modificado este verso, para evitar el afir­mar esta mediación universal de María.

(19) Encycl. Octobri mense, de Rosario, 22 sept. 1891 (Denzinger, Enchiridion, 3033): “Nihil nobis, nisi per Mariam, Deo sic volente, impertiri, ut, quo modo ad summum Patrem nisi per Filium nemo Po . test accedere, ita fere nisi per Mariam accedere nemo possit ad Christum.»

(20 ) Muchos teólogos tomistas admiten que, siendo la humanidad de Jesús causa instrumental física de todas las gracias que recibimos, existen todas las razones para pensar que María, de una manera subor­dinada a Nuestro Señor, es también causa instrumental física, y no sólo moral, de la transmisión de estas gracias. No creemos que esto pueda afirmarse con certidumbre, mas los principios formulados por Santo Tomás, a propósito de la humanidad de Cristo, inclinan a pen­sar así.

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